jueves, 15 de enero de 2009
EN UN PEQUEÑO REFUGIO (Sueño)
Sufrimos un ataque o estalla una descomunal tormenta destructora. El ataque es demoledor y de una gran envergadura, quizá planetaria. Tal vez proceda de una fuerza extraterrestre.
Somos varios, entre cuatro paredes.
A través de algún medio de comunicación con el exterior nos damos cuenta de que estamos en la única estación energética que continúa en pie.
El ataque parece haber cesado.
Echamos un vistazo a través de los muros medio derrumbados y nos encontramos con una gran desolación: no queda piedra sobre piedra y sólo hay montones de cascotes. La ciudad a nuestro alrededor ya no existe.
Sólo debemos de existir nosotros, supervivientes de la destrucción. Todo ha sucedido con una gran rapidez. Nos preguntamos qué circunstancias o casualidades nos han salvado.
¿Por qué nosotros?
Ha debido de ser una nimiedad, un aspecto en principio intrascendente el que nos ha librado. Por ejemplo, un cable que hacía o no hacía contacto.
¿Qué haremos a continuación?
miércoles, 17 de diciembre de 2008
VALERIA BERTUCELLI

VALÉRIE DONZELLI
Maïté, en 7 ans. Las botas, la mirada, la nariz, los silencios. También, la histeria y la resistencia agresiva cuando es detenida por los policías que la descubren en el arcén, dentro del coche. Los ojos húmedos, tristes, femeninos. En este fotograma, ofrecida, nunca sabremos muy bien si por amor hacia su marido preso o por deseo hacia el carcelero amante. Tal vez ambas cosas. Para enamorarse a rabiar. ¡Cuántos amores de celuloide, bitácora! Ya sabemos que no nos enamoramos de la actriz, sino del personaje. Pero el personaje no es nada en el cine sin la mujer que lo encarna, que le da cuerpo, voz, mirada y movimiento. Es Maïté-Valérie Donzelli. Si la película que veo resuena dentro de mí una vez que me voy del cine y encaro la calle, y sigue haciéndolo en mis sueños, ha merecido el tiempo de la sala oscura. Será la pulsión escópica o lo que sea. No hemos poseído a Maïté-Valérie, no nos la hemos follado en el coche ni visto así, encima de nuestra cama, en ropa interior negra. Pero ella ha sido la protagonista de esa tarde de otoño, de las palabras en esta bitácora. La forma de su nariz me ha recordado a una mujer, las botas a otra... Esa mezcla de frialdad y deseo que se me antoja tan francesa. Una cierta facilidad para el amor, pero sin banalidad. Maïté-Valérie: la falda, las botas, los pechos blancos, la mirada de pérdida y de deseo. sábado, 22 de noviembre de 2008
LA DULCE ENVENENADORA - ILUSIÓN, GAZAPOS Y FINALES
Ahí, en el escaparate, el último de Paasilinna. Quiero leerlo el fin de semana, y esa misma tarde voy donde Paco, mi librero habitual. Miro y remiro en la mesa de la editorial gris y amarilla. Me oriento bien en las librerías, como otros lo hacen en las discotecas o en el bosque. Paco acaba de recibir las novedades y al fondo hay varias cajas por desembalar. Está cabreado, porque algunos ejemplares le llegan defectuosos. Le jode a Paco que traten los libros como si fueran ladrillos. Llega una clienta. Volveré al día siguiente, sábado, cuando Paco pondrá en mis manos La dulce envenenadora, el último de Paasilinna, aunque esto tiene algo de guasa, porque el finlandés publica por lo menos desde los años setenta (de 1975 es El año de la liebre), y, salvo Delicioso suicidio en grupo, de 1990, los otros tres traducidos son de los ochenta. Y, que yo sepa, el rubicundo y rechonchito Arto sigue escribiendo y publicando. No estaría de más que se tradujeran los libros más recientes y que su edición se alternara con los más antiguos. Tal vez me haga con alguno en francés, donde se le publica más.
GAZAPOS
La dulce envenenadora es el que menos me ha gustado. Aun así, disfruto leyéndolo, a medias en casa y en caminatas por La Candamia, en días claros y apacibles de otoño. Tiene varias erratas, gazapos, errores, incorrecciones gramaticales... ¿Achacables a la traductora? Vale, todos erramos, y el que no, que dé volteretas, pero se supone que en una editorial profesional alguien revisa el texto. ¿No tiene correctores de galeradas Anagrama? Es más, ahora que lo pienso, ¿aún existen las galeradas? ¡¡Eh, editores de Anagrama, contrátenme para corregir pruebas!! Haría mejor labor. Vergi gratia:
PAASILINNA, Arto (2008): La dulce envenenadora. Barcelona, ANAGRAMA (Panorama de Narrativas)
Pág. 67: ... así que Linnea tubo que desistir...
Pág. 73: La pandilla, visiblemente cargados de malas intenciones, se comportó...
(...) Luego se habían metido por la fuerza en la casita y lo habían zarandeado...
Pág. 81: El aroma delicioso de las exóticas conservas inundaron la habitación.
Pág. 140: -Trae garlopa y pórtate como un hombre.
En la página. 153 se corrige: ... una larga estancia en la cárcel por un poco de farlopa...
FINALES
Algo me pasa con los finales de las novelas de Paasilinna.
En El año de la liebre, Kaarlo Vatanen atraviesa con su liebre los muros de la prisión. El molinero aullador sugiere una metamorfosis lobuna anunciada desde el mismo título. En El bosque de los zorros decenas de turistas alemanes se ahorcan por atrapar las salchichas de los cepos. Delicioso suicidio en grupo acaba con una recopilación sobre el fantástico destino de algunos personajes. La dulce envenenadora, por fin, conluye en el infierno
Bien, son finales más o menos fantásticos. Pero me chocan con el resto de la novela. Son historias de personajes al límite, solitarios, borrachuzos, delincuentes, en momentos de crisis, que viven aventuras al límite de lo verosímil. Y, no obstante, el tratamiento es realista. Quiero decir con "realista" escenarios reconocibles y acciones también reconocibles en eso que convencionalmente denominados "realidad". Los finales me resultan abruptos, ajenos, externos al nivel de realidad de la novela que he leído hasta entonces. Oh, me digo, ahí está el guasón de Paasilinna diciéndonos "vale, chicos, no os toméis todo esto demasiado en serio, no ha sido más que una broma, ¿os habéis divertido? Yo, desde luego." En fin, no lo sé, me gustaría saber por qué. ¿No sabía Paasilinna cómo concluir la novela? ¿Esos finales tienen que ver con alguna tradición literaria nórdica, finlandesa?
miércoles, 22 de octubre de 2008
DOS VIAJES A GIJÓN
Hoy hace sol y hay gente en la playa. Mañana estará nublado y a mediodía un orbayo templado mojará las calles, los tejados, alimentará el verdín, dulcificará el salitre. Un hombre muy mayor y delgado se adentrará en el mar, a pocos metros de mí. Eso sucederá mañana. Como esa joven que, mientras intento limpiarme la arena con una toalla, apoyado en una de las altas escaleras, sigue a un gozque blanco, que sube como un rayo los peldaños. La mujer habla por el móvil y se le marcan los pezones en la camiseta. Mañana, también, la ascensión al Cerro. Un par de barquitas en el azul cobalto. Una pareja se saca fotos al borde del acantilado. Bajo el Elogio del Horizonte rebota el rumor del oleaje, como el amplificado sonido de una caracola. Mañana, el recuerdo, los ojos empañados, la ausencia. «El problema es que está muy solo», me dijeron que dijiste de mí. Y me invento -me inventaré, porque eso será en el viaje de mañana- tu relato, con imágenes a las que pongo palabras ordenadas en capítulos. Podría ser implacable con el recuerdo, y también podría dulcificar tus juicios. Las gaviotas se pasean por el Cerro, entre los caminos y las trincheras, las gaviotas que mañana habrán cagado sobre el parabrisas del coche, justo al entrar en la avenida del Muro, cuando busque aparcar más allá del Piles, entre el Sanatorio Marítimo y la Muyerona, una estatua que tal vez siga allí, remodelada por los vientos y el salitre que mañana aspiraré profundamente, cuando descienda por las brillantes laderas del Cerro, hacia Cimadevilla, la Antigua Rula (así bautizado con un letrero el recinto donde se subastaba el pescado) y el puerto, antes de pescadores y ahora de recreo, porque la ciudad ya no es obrera, gris y conflictiva, sino cultural, turística y de servicios.
Eso sucederá mañana.
Hoy me baño en el mar, braceo, camino por la orilla, con el agua hasta las caderas, y me seco al sol de mediodía. Mañana volveré y el día estará nublado, y serán el viejo, el Cerro, la linda mujer de los pezones marcados. Hoy, frente al mar, como arroz con calamares y bacalao. Una de las dos camareras es hermosa, sonriente, los vaqueros le hacen un tipo estupendo, y su sonrisa le marca esas incipientes arrugas de la madurez que tanto me gustan en algunas mujeres. Es una mujer para fantasear, que tiene algo de inalcanzable. Qué torpe y sin recursos puede sentirse un hombre frente a una mujer hermosa, como la morena que no parece una camarera, que está en el restaurante como quien ha ido a ayudar un rato, y seguro que sale con un tío que tiene un auto deportivo y follan en el jacuzzi. Será mañana cuando pida de postre arroz con leche, y ella me ofrezca «con canela o quemado». Mañana elegiré la versión quemada, y esa hermosa morena me traerá en sus manos primorosas un plato grande, mediado de un dulce arroz cubierto con crujiente azúcar. Y, enfrente, el mar; y las palabras.
viernes, 10 de octubre de 2008
QUÉ SENCILLO
En la feria del libro de ocasión encuentro El viaje de Felicia, de William Trevor. Quiero leer desde hace tiempo la novela en la que se basó Atom Egoyan para su Felicia's Journey. El tema de la historia me tiraba para atrás, pero me gustó mucho el humor y la gran delicadeza con que lo trata Egoyan. Esta mañana soleada encuentro la novela, a buen precio, en fila india, abrigada junto a otras novelas de Alianza. Entusiasmado, y aunque voy a comprarlo de todas formas, pido otro ejemplar que esté en mejores condiciones. El librero me dice que son restos de una librería que los tendría almacenados de cualquier manera, pero enseguida me facilita otro volumen, en mejor estado, sin esas manchitas negras. Cuando consigo que me cobre (El viaje de Felicia y Amor negro, de Dominique Noguez), porque se ha ido al otro extremo del puesto de libros, donde andan el alcalde y concejales, le agradezco que me haya alegrado el día. Detalles, felices hallazgos, regalos. Que, además, a falta de un amor, saben a gloria. Deliciosas migajas del maná de la felicidad. Como ayer, cuando la sonriente dependienta del obrador que prepara «posiblemente las mejores magdalenas de la ciudad» pone en mi mano una exquisita rosca «de San Froilán».
lunes, 6 de octubre de 2008
CONGRESO DE ESCRITORES
La Asociación Colegial de Escritores de España me invita a acreditarme para el Congreso que se celebra en León. Media sonrisa: «¿Qué se puede esperar de una Asociación que me acredita como escritor...?» La acreditación, una cartulita en un plástico con un cordel, no sirve para nada; soy de los pocos que la deben de tener, y la guardo en el bolsillo. Un par de mañanas me acerco al Hostal, en el tiempo de descanso del trabajo. Estoy unos minutos, cojo el periódico...
En realidad, de Congreso, poco. Más bien unas cuantas conferencias, en torno al pensamiento y la literatura. «Esto no es el Hay Festival», deja claro Andrés Sorel en la presentación.
Voy a ver a Manuel de Lope, del que hace tiempo leí Shakespeare al anochecer, Los amigos de Toti Tang, Bella en las tinieblas... Conversa con otro escritor. Bien, una conversación relajada, con anécdotas. Un escritor con oficio. Aunque, asistentes al "Congreso", escritores, pocos. Juan Madrid, Gómez Rufo, etc. Éste habla de los derechos de autor, pero me lo pierdo. Me interesa. Dudas. ¿Qué es eso de "cultura gratis"? ¿Quién paga a los creadores? Aunque, ¿para qué intentar salvar una industria que sólo remunera al escritor el 5% del precio de un libro? Algo así como los tomates, los intermediarios que se llevan un pastón, el gran supermercado que marca sus pautas... Mucha culpa tenemos cuando escribimos gratis, en revistillas, periódicos... ¿Acaso un fontanero trabaja gratis? Dice De Lope que un escritor, cuando escribe, no desarrolla una actividad económica, en sí misma; lo hace "gratis"; pero cuando entrega su obra a un editor, esa obra ya adquiere un valor económico. ¿Y los escritores, viven del aire? Cuando escribimos gratis para llenar páginas de un periódico, ¿nos dejamos llevar por la vanidad? Si tenemos en cuenta que incluso muchos pagan sus ediciones...
José Luis Sampedro. Camina despacio, apoyado en un bastón. Habla con gran fluidez, es un buen orador. Sus palabras son claras, su voz es aún suficiente, denota entusiasmo. Lo veo unos cuantos minutos, porque el salón está lleno, a rebosar, y no he podido ir antes a coger sitio. Jorge Pascual me invita a que me siente en su silla, que está, me dice, en la segunda fila, con una chupa «como la tuya encima», me dice. Así que obtengo la anuencia de Neli y allá que voy, abriéndome paso entre la gente que está de pie, a la entrada, y camino por el pasillo, entre el auditorio, hasta que, oh, cielos, no veo ningún asiento libre en la segunda fila... Me desconcierto, pero con esa sangre fría que saco en ocasiones no sé de dónde, me paro, ojeo, y veo ahí, pero en la cuarta fila, esa silla con una chupa más o menos como la mía... Le susurro a la vecina del asiento libre que vengo de parte de Jorge. «¿Qué Jorge?», dice. Jorge Pascual, el poeta. Bien, se me abren los cielos y me siento a escuchar a Sampedro hablar de la libertad, que es como una cometa, que vuela y vuela, pero siempre que esté sujeta con una cuerda; para él esa cuerda es la responsabilidad. Y habla de partículas subatómicas y del zen y el vacío y la inmortalidad que no le interesa, y de esa parte de espíritu de la que todos participamos, y cuando me levanto y me voy, porque pienso que ya he escuchado lo suficiente y no debo hacer esperar a mi amiga, que se ha quedado leyendo el periódico, bueno, en ese momento no debo de pensar eso, la verdad, sino ahora que escribo siento agradecimiento hacia José Luis Sampedro por escribir La vieja sirena, porque su lectura, hace años, me devolvió, me recordó, me renovó, para ser más exactos, la alegría de vivir.
domingo, 21 de septiembre de 2008
SOLO - CLAUDIO BAGLIONI
BANDAS SONORAS
MERENDERO PADILLA
El Merendero Padilla es limpio, barato, popular, y lo atiende una bulliciosa y eficiente cohorte de cocineros y camareros que te sirven en un pispás. No me importa que se me enfríen las viandas, ni siquiera que me pingue el pantalón con el contundente alioli con el que untan las patatas asadas, porque Feliciano me sigue contando que aquella plancha es una de las originales, y que las demás las fue comprando a medida que el negocio crecía, y cuando le observo que todo parece muy limpio, me dice orgulloso que es así porque, por ejemplo, limpian esa gran mampara de ahí un par de veces a la semana.
Esos 42 tacos del Merendero Padilla son también los míos. Abre de abril a septiembre. Los meses luminosos. Buñuelos de bacalao y mollejas, queso asado y michirones, pinchos morunos y patatas, arroz con leche y pan de Calatrava. En Lorca. Los años, los meses, la comida, el festín, el placer de comer y de vivir.
