lunes, 11 de agosto de 2008

DOMINGO 10 DE AGOSTO

A media tarde del domingo comprobé que no había nada tras los mensajes, las palabras, la llamada y la invitación del viernes por la tarde para vernos el martes. Hojarasca, capricho, vacío. Pura retórica. Un discurso sin contenido, tal vez un divertimento. Una isla deshabitada. Una más. Vuelvo a Bauman. En la sociedad moderna líquida, más valioso que aprender es olvidar. Ya he dejado los paquetes de té en mi cocina, he desenvuelto el libro de poesía del papel de regalo y acabo de cambiar el peluche.

Me fui a La Candamia, a pasear, a correr. Cuando volvía, ya casi de noche, cerca de los bares, caminando por un sendero en la hierba, vi a Angelina. Llevaba un carrito de bebé. Nos miramos y nos detuvimos. El niño no era suyo, sino de su hermano. Se parece a ti, le dije. Ella me dijo que no me recordaba tan alto, y que estaba muy morenito. Yo no le dije que ella también estaba morenita y muy guapa. Me alegro de verte, le dije, al despedirme. Ese encuentro con Angelina me salvó la noche. Esta semana pasada he estado reescribiendo la última versión de la Milonga, el relato basado en nuestra relación que escribí en junio de 2001. Siete años después, el día que la he visto, la noche de ayer domingo, con El imperio contraataca de fondo, he puesto el punto final. Ocho años después de nuestra historia. Haber visto a Angelina precisamente ayer me ha dejado una melancólica sensación de paz, de reconciliación. Me cuesta tanto sobrevivir en el mundo líquido, pasar página, ¿olvidar? Ayer ya no me temblaban las piernas, ya no me ha dolido verla. Sería lo que fuera, pero ella no es ninguna isla deshabitada. He soñado con Angelina esta noche. En un momento del sueño, ella, que iba y venía, inquieta, me ofrecía un regalo: una singular colcha, quizás de plástico, blanca y con dibujos, con la que me arropó.

Foto del rabilargo en http://villanuevadelasminas.galeon.com/cultura/fotografia/segura.htm

domingo, 6 de julio de 2008

SELECCIÓN NATURAL

Hacía tiempo que no veía a tanta gente comportarse de manera tan inteligente.
Jugadores veinteañeros y preparadores, equipo técnico, seleccionador, saltan, ríen, cantan, gritan, sin más protocolo que pasarlo bien, tal y como hicimos nosotros y muchos en España la noche de la final de la Eurocopa. Saltamos y gritamos, que es lo que nos apetecía y lo que tocaba. Por eso, pienso en lo inteligentes que podemos llegar a ser ser sin darnos apenas cuenta. Alegrarnos, hacer piña, expresar nuestro entusiasmo colectivo.
Por supuesto, he escuchado comentarios de tertulianos recelosos, que si la bandera y tal y cual, que si el nacionalismo español, que si vandalismo, que si la masa, que si el opio del pueblo, que si patatín, que si patatán.
Desde luego, a nadie le obligan a participar en una fiesta, pero yo creo que entre esas críticas hay bastantes aguafiestas a los que les encantaría hacer el gamba por la calle con una bandera roja y amarilla, y que no lo hacen por complejos personales y prejuicios políticos. No descartemos a los "elitistas": basta que miles de personas hagan algo, para que se crean en la obligación de criticarlo, sin más argumentos que una presunta vulgaridad. Tampoco faltan quienes se han querido apropiar de símbolos, como la bandera, que son de todos: del norte y del sur, de izquierdas y de derechas, guapos y feos, curritos y ejecutivos, listos y más o menos empanados.
He leído y escuchado algunas metáforas y lugares comunes. Creo que Borges recelaba de las metáforas. Si no explican el primer elemento de la comparación, sería mejor no utilizarlas, porque en ese caso no aportan nada, no enseñan nada nuevo. Metáforas y tópicos futboleros suelen ir de la mano. Esta selección tan natural se ha encargado de cepillarse los tópicos en seis partidos: que si la barrera de los cuartos de final, que si Italia, que si los penaltis....
Al final, una selección de un país ha jugado mejor al fútbol, ha marcado más goles y ha ganado la Copa, y los nacionales de ese país lo celebran con las camisetas de su selección y la bandera de ese país. ¿Algo que objetar? Porque la especie humana, por si alguien aún no se ha enterado a estas alturas, rige buena parte de su vida por símbolos. Y utiliza unos colores para reconocerse. No más, pero tampoco menos. Pues que dure.
Salud y oé, oé, oé, oé.

domingo, 20 de abril de 2008

IRINA PALM

¿Qué haría una mujer mayor, convencional, para salvar la vida de su nieto? ¿Se dedicaría a una actividad considerada deshonesta por la hipócrita sociedad biempensante?
Maggie sí.
Maggie hace pajas, y además muy bien; hasta tal punto, que crea el personaje de Irina Palm, un nombre que seduce a los clientes.
Maggie es ya una mujer mayor, una heroína moderna, como sucede, por ejemplo, en Les triplettes de Belleville, una estupenda película de animación donde una abuela cruza el charco para liberar a su nieto ciclista.
Las escenas de Irina Palm son cortas y concluyen en un fundido. Los diálogos son sencillos, directos, eficaces. Nada parece sobrar, como en las buenas narraciones. Y, algo muy importante, no explota hasta la saciedad la anécdota brillante que da origen a la historia, sino que el trabajo de Maggie desata otros conflictos: los que le enfrentan a su compañera, a su jefe, a su hijo, a sus amigas. Tal vez la relación con su mentora (Luisa, que le enseña a meneársela a los clientes en el cubículo que es su lugar de trabajo), se trunca demasiado pronto, y nos deja un sabor amargo. Pero no todos los cabos se pueden atar. Ni en la vida ni en las buenas películas, como Irina Palm.
Las interpretaciones son excelentes, realistas, contenidas, y la historia está muy bien contada, con una gran agilidad.
¿Sería posible una película similar en España? Se lo comentaba a Nely; que no me lo imagino, la verdad: el guionista tratando de hacerse el gracioso con chistecillos, los actores gesticulando sin parar y poniendo caras, subtramas que no vienen a cuento, la historia en clave de comedia bufa al alcance de Berlanga y pocos más...
Una película que le saca jugo a los contrastes. Una historia sobre la bondad. Porque la bondad es acción. La vida, que salta por encima de los prejuicios y sigue, feliz, su camino.

jueves, 3 de abril de 2008

VALERIA ALONSO

Un teatro en invierno. Una sala pequeña, universitaria. La obra, Boyfriend. Chicas en el escenario. Estás en las primeras filas. Sobre todo, te fijas en una de las actrices. Te cuesta apartar tu vista de ella. Incluso, lo intentas. Abstraído de la obra, valoras otros cuerpos, porque al fin y al cabo eres un hombre y te gustan las mujeres, y de manera un tanto idiota, de vez en cuando apartas la vista de la que más te gusta, porque has ido a ver una obra de teatro, no tías en pelotas, no seas tan superficial. Pero no puedes disimular. Eso es: una mujer que te gusta. Pocas veces está tan claro. Y regresas a ella, en esa sinfonía coral de mujeres actuando. Ah, claro, es argentina, su acento es argentino, descubres, y eso es muy, muy seductor. Perfecto para una actriz. Las chicas se cepillan la cuarta pared y bajan al patio de butacas. Ella, precisamente ella, te mira. Ya algunos espectadores emiten grititos, se agitan nerviosos, se oyen carcajadas. Son como niños, piensas. Lo piensas mientras ella no deja de mirarte. Te ha escogido. Y tú ya eres como un niño. De pronto, se abalanza sobre ti y pega sus labios a los tuyos. Sería mucho decir que te está besando. Pero, ¿qué otra cosa es posar sus labios sobre los tuyos? Se ha tirado sobre ti. Lleva un vestidito. Aprieta fuerte los labios. Supones, o lo has supuesto después, que lo hace para que alguno no se aproveche y le meta la lengua o la morree. ¿Qué haces con su cuerpo durante esos segundos? Le acaricias la espalda. Suda. Está deliciosamente sudada. Y le acaricias un trocito de espalda. Respira agitadamente. Quizás esté cogiendo fuerzas, piensas ahora, cuando escribes; quizás aprovecha ese momento para coger fuerzas, porque la obra, danza y teatro, requiere una buena preparación física, un buen estado del cuerpo. Cuando se levanta y se va, vuelves a ser consciente de las risitas de los de al lado, las carcajadas, el revuelo del patio de butacas.
Semanas después, por casualidad, la has visto en una serie de televisión que nunca ves. De golpe, en un par de planos, la has reconocido, y te has quedado con la boca abierta. Luego, has investigado un poco, conoces su nombre, algo de sus trabajos. Oh, sí, para parecerte a ti mismo perspicaz, te dices que ya pensabas que era mucho más que una chica bandera. Incluso mucho más que una chica que te gustó mucho. Nada más verla. ¿Cómo puede ser eso? Lo cierto es que fue así, que ella te escogió y ese beso te salvó. Salvó ese día, tal vez algunos días más, algunas tardes más. La has vuelto a ver hace un par de días en la tele, de promoción de la serie. Vestía de otra manera, de negro, no con aquel ligero vestidito. Pero su sonrisa y su acento eran los mismos. Los de esa mujer de la que no apartabas la vista en el pequeño escenario. Y vuelves a saborear su beso. De mentirijillas, es cierto, pero al fin y al cabo un beso de Valeria.

domingo, 11 de noviembre de 2007

El enfado del rey

El rey se ha enfadado, y las imágenes de la cumbre latinoamericana y su «¡¿Por qué no te callas?!» dirigido a Hugo Chávez, son ya, un día después, un icono y un eslogan del mundo globalizado que habla en castellano.
No me interesa señalar el fondo de la discusión.
Me interesa un rey que se enfada.
El enojo es una emoción socialmente calificada como negativa; como, por ejemplo, el miedo, el resentimiento o los celos. No está bien visto enojarse, y menos en público. La distancia irónica, el sarcasmo o la indiferencia están mejor vistos hoy en día. Pero lo cierto es que nos enfadamos. Ah, no conviene confundir la inteligencia emocional con la hipocresía social. El rey ha expresado su enfado. Y lo ha hecho como lo haría cualquier español en una situación doméstica. Con una frase que le salió del alma.
Por cierto, los leoneses identificamos muy bien ese «un momentín», leonesismo lingüístico que, acompañado de un gesto, le dice Zapatero al rey.
Tal vez el rey esté tenso. Le insultan en blogs, le queman en efigie y se le pone en contra la derechona. Ya EL PAÍS, el día que inauguraba diseño, contó la bronca que tuvo en un almuerzo en el palacio real.
El definitiva, Juan Carlos ha expresado su enfado sin muchas cortapisas.
E.M. Forster habló de los personajes "redondos", y Robert Mckee dice en El guión que nos fascinan los personajes que tienen "dimensión" porque son contradictorios, más humanos, más cercanos.
El personaje «rey de España», el tótem de una tribu globalizada, al cabrearse se humaniza. Y seguro que ha elevado su popularidad entre una mayoría -no todos, claro- de españoles. Un pueblo que, como él, también se enfada.

martes, 9 de octubre de 2007

CORAZONES LISTINES


Sí, Susana, tal vez me lea el libro. Por lo menos la portada de la edición que veo en internet es sugerente: corazones de colores. Corazones inteligentes.
Regresar de un curso así es también una pequeña aventura. Adaptarse otra vez al ruido. Al de dentro y al de fuera.
Hemos vivido tres días en una burbujita.
Me ha recordado mi época más "cursillista": un curso de Derecho, y enseguida los demás de literatura, de cine y de teatro, durante varios años. En Ávila y en Santander, en La Magdalena. Quedan algunas fotos, algunas personas: la mayoría fueron flor de un día; algunas estuvieron un tiempo y se fueron. Antonio permanece.
Durante esos días en Lugo formamos una de esas comunidades de guardarropa de que hablan los sociólogos de la modernidad líquida. Llegamos a un lugar, dejamos la ropa en el vestuario y durante un corto tiempo experimentamos emociones que nos han hecho creer que compartimos algo importante. A continuación, recogemos nuestra ropa y cada uno se va por donde ha venido, a otra parte o a la soledad, porque no hacemos más que ir y venir y marcharnos.
Experiencias así ya las he conocido. Tiendo a decepcionarme. Por eso no pedí teléfonos, y el mío se lo di a quien me lo pidió, como a María. Sólo a ti te pedí tu dirección de correo. «Desde mi corazón», me dijiste. Ah, claro, eres la profe. Pero eso no basta, no hubiera sido suficiente. Ha habido algo más.
En Lugo y en el Hay Festival, unas horas en Segovia, he vuelto a estar en mi salsa, he vuelto a ver un rinconcito del territorio imaginario en el que me gustaría vivir.
Hacía mucho tiempo, años, que no me sentía con la capacidad de formar parte de algo. ¿Algo? Hum, bonita indefinición para un escritor, ¿eh?
Tal vez, Susana, haya sido tan sencillo como hacer cosas que me gustan, hablar en algunos momentos de lo que me interesa, lo que quisiera ser, al menos por un tiempo, por ese tiempo y en ese espacio compartidos... Y no tener que hacer el desayuno ni malcenar por ahí de tapas o solo en casa, por supuesto.
Ah, y en Lugo volví a hacer algo el payaso. Lo tenía arrinconado, ya casi ni me acordaba de mi vena histriónica, a la que di rienda suelta en las dramatizaciones aquí en León, y en La Magdalena, con Boadella, en días también inolvidables. No hay muchas posibilidades de hacer el payaso, en el mundo de insulsas máscaras que habito.
Así que, Susana, no prescindiré de tu voz ni de tu mirada.
Desde mi corazón.

sábado, 8 de septiembre de 2007

EL BARQUITO DE ZYGMUNT BAUMAN

Después del naufragio, vi un barquito y nadé hacia él.
Había un hombre en cubierta, fumando en pipa.
Al acercarme, qué cosas tiene la vida, lo reconocí: no, no era una tía estupenda, era Zygmunt Bauman. Cansado de tanto nadar, le grité:
-¡Écheme una mano!
-Qué más quisiera yo -me dijo el hombre, sin apartar la pipa de la boca.
-Me he leído sus libros. Sé quién es, Sr. Bauman.
-Entonces, ya sabe lo que pasa -dijo con cierta melancolía-. Ésa es toda la ayuda que un sociólogo puede prestarle.
Yo tenía que seguir moviendo brazos y piernas y no perder la estela del barquito.
-¡¡Es que ya estoy harto!!
-Pues yo no lo veo tan mal. Aún flota -dijo Bauman.
-Ya -dije, mosqueado-, pero usted está aún mejor.
-Puede ser. A veces vienen visitas al faro.
Desde luego, era un hombre con sentido del humor. Se burlaba o chocheaba.
-¿Al faro, Bauman? Al barco, querrá decir.
-No se confunda. Esto no es un barco, es un faro.
Tardé algo en reaccionar. No pegaba que aquel caballero octogenario me tomara tanto el pelo.
-Pues no parece un faro. A ver dónde están las luces.
-Oh, no hacen falta, ya le dije que está confeccionado con mis obras.
-Ya, que sus obras son la luz que nos guía, ¿no? Pura metáfora.
-Más o menos -se rió, echando una larga bocanada de humo.
-Pero no me convence, Bauman. Vamos a ver, un faro está quiero, en tierra firme, y usted también se mueve, también está a merced de este inestable liquidillo.
-Ah, ¿pero no me ha dicho que ha leído mis libros?
-Bueno -reconocí-, sólo dos. Pero creo haberme enterado: la modernidad líquida, la vida líquida, el amor líquido... Vamos, el paraíso de los vendedores de licuadoras
-Veo que me ha entendido perfectamente. Lo digo por los vendedores de licuadoras -y soltó unas risitas-. Ya no hay tierra firme, ya no hay faros como los de antes. O eso parece. Yo digo lo que hay, le pongo nombre, lo describo y doy pistas. Por cierto, ¿no se cansa usted de tanto bracear?
-Y que lo diga.
-¿Ha echado lastre? No se olvide de que el lastre es fatal para el mundo líquido.
-¡¡Pero si ya estoy desnudo!! -grité, se me escapó una carcajada y tragué un buchito de líquido. Bauman se frotó la cara.
-Hum, olvídelo, entonces. Olvide que está desnudo. Ya sabe, para mantenerse a flote hay que soltar lastre y olvidar lo aprendido para aprender nuevamente y volver a olvidar y así.
-Ya, se dice bien.
-Cambie de estilo -dijo, asomando la calva por la borda del barquito o del faro.
-Pero, ¿no ve que no se puede aprender y olvidar y volver a aprender y todo eso, en estas condiciones, hombre?
-Ah, hay otros que están en condiciones peores. ¿Ve esas cosas que flotan por todos lados?
-Claro que las he visto, he intentado no tragármelas.
-Basura. Lo que no sirve, basura. Y no me refiero sólo a los desperdicios sólidos, como podrá suponer.
-Ya, otra metáfora.
-Claro. Ojalá -suspiró Bauman.
-Bueno, sr. Bauman. Encantado de haberle conocido. Me ha servido de mucho. Por lo menos me ha explicado un par de buenas cosas.
Di un par de brazadas, y cuando volví la cara ya no estaba. Ni barquito, ni faro, ni nada. Sólo unas cuantas páginas flotando. «Buen viaje, Zygmunt Bauman», murmuré. Y continué braceando, probando estilos, a ver qué pasa.

* * *

Zygmunt Bauman es un sociólogo ya entrado en años, un judío polaco y cosmopolita al que conocí a través de una entrevista en La Contra de La Vanguardia, y que me ha ayudado a comprender un poco mejor este loco mundo.
Modernidad líquida.
Es el concepto acuñado por Bauman para describir esta etapa de la historia.
Líquido es el adjetivo crucial.
Lo líquido es inestable y no permanece mucho tiempo en la misma forma.
Para Bauman, «la sociedad moderna líquida es aquella en que las condicionesde actuación de sus miembros cambian antes de que las formas de actuar se consoliden en unos hábitos y en unas rutinas determinadas».
El caldo de cultivo fértil y apropiado para la liquidez es la sociedad de mercado y de consumo (ojo, no sólo la economía, sino la sociedad) y la globalización.
Y esa sociedad líquida conduce a una vida líquida que nos afecta a todos y que ha modificado nuestro comportamiento, especialmente en las últimas décadas.
Nada escapa a la liquidez. Líquidas, inestables y mutables son tanto las relaciones laborales como la cultura y el amor.
Son muchas las ideas recogidas en los libros de Zygmunt Bauman. Ahí van sólo unas pocas frases, extraídas de Vida líquida :

VIDA LÍQUIDA
(...) la vida líquida es una vida precaria y vivida en condiciones de incertidumbre constante (...) es una sucesión de nuevos comienzos, pero, precisamente por ello, son los breves e indoloros finales los que suelen constituir sus momentos de mayor desafío.

Entre las artes del vivir moderno líquido y las habilidades necesarias para practicarlas, saber librarse de las cosas prima sobre saber adquirirlas.

¿ESPIRITUALIDAD?

Inspirándose en parte en la descripción que hizo Joseph Brodslky de sus contemporáneos -acomodados en el plano material pero empobrecidos y famélicos en el espiritual; hartos, como los habitantes de la Eutropia de Calvino, de todo aquello de lo que ya han disfrutado hasta el momento (el yoga, elbudismo, el Zen, la contemplación, Mao) y, por consiguiente, prestos a adentrase (con la ayuda de la última tecnología, por supuesto) en los misterios del sufismo, la cábala, o el sunismo para robustecer así susd ecaídas ganas de deseo-, Andrzej Stasiuk, uno de los archivistas más perspicaces de las culturas contemporáneas y de su descontento, elabora una tipología del «lumpemproletariado espiritual» y sugiere que sus filas crecen con rapidez y que sus suplicios se filtran profusamente desde arriba hasta saturar capas cada vez más gruesas de la pirámide social.

Alisado hasta formar un presente perpetuo y dominado por la preocupación por la supervivencia y la gratificación (se necesita gratificación para seguir viviendo y se necesita sobrevivir para obtener más gratificación), el mundo que habitan los «lumpemproletarios espirituales» no deja margen para preocuparse por ninguna otra cosa que por lo que pueda ser consumido y disfrutado en el acto: aquí y ahora.

La eternidad es evidentemente la gran marginada en este proceso. Pero no así el infinito: mientras dura, el presente puede estirarse más allá de todo límite (...) La velocidad, y no la duración, es lo que importa. A la velocidad correcta es posible consumir toda la eternidad dentro del presente continuo de la vida terrenal. Al menos, eso es lo que los «lumpenproletarios espirituales» buscan y esperan conseguir.

DEVORAR

La vida líquida es una vida devoradora. Asigna al mundo y a todos sus fragmentos animados e inanimados el papel de objetos de consumo: es decir, de objetos que pierden su utilidad (y, por consiguiente, su lustre, su atracción, su poder seductivo y su valor) en el transcurso mismo del acto de ser usados.

Los desechos son el producto básico y, posiblemente, más profuso de la sociedad moderna líquida de consumidores (...). Eso convierte la eliminación de residuos en uno de los dos principales retos que la vida líquida ha de afrontar y abordar. El otro es el de la amenaza de verse relegado a los desechos. En la sociedad de los consumidores, nadie puede eludir ser un objeto de consumo (...)

ANSIEDAD
La vida líquida significa un autoescrutinio, una autocrítica y una autocensura constantes. la vida líquida se alimenta de la insatisfacción del yo consigo mismo.

POLÍTICA

(...) la llegada de la sociedad moderna líquida significó la desaparición de las utopías centradas en la sociedad y, en general, de la idea misma de la«sociedad buena».

Incluso la nueva preocupación por los temas medioambientales debe su popularidad a la extendida percepción de la existencia de una conexión entre el mal uso predatorio de los recursos comunes del planeta y la amenaza que ello podría suponer para el desarrollo fluido de las actividades egocéntricasde la vida líquida.

La nula atención prestada a las condiciones de la vida en común impide la posibilidad de renegociar el marco que hace que la vida individual sea líquida. el éxito en la búsqueda de la felicidad (...) sigue viéndose obstaculizado por la propia forma en la que se realiza esa búsqueda (...) La infelicidad resultante añade motivación y vigor a una política de la vida declaros tintes egocéntricos; su efecto último es la perpetuación de la liquidez de la vida.

AMISTAD

En un escenario líquido, de flujo rápido e impredecible, necesitamos más que nunca lazos firmes y fiables de amistad y confianza mutua. A fin de cuentas, los amigos son personas con cuya comprensión y ayuda podemos contar en caso de que tropecemos y caigamos, y, en el mundo en que vivimos, ni los surfistas más veloces ni los patinadores más ágiles están asegurados frente a tal eventualidad. Pero, por otra parte, esos mismos contextos líquidos y caracterizados por el rápido fluir de los acontecimientos favorecen a quienes viajan ligeros de equipaje: si las condiciones cambian y obligan a moverse con rapidez para comenzar de nuevo desde cero, los compromisos a largo plazo y los lazos de los que resulte difícil desligarse pueden suponer una pesada carga, un lastre que debe ser arrojado por la borda. No se puede nadar y guardar la ropa al mismo tiempo y, sin embargo, eso es lo que el contexto en el que usted trata de conformar su vida le insiste que haga. Cualquiera que sea la decisión que tome, no hará más que acumular problemas.

EDUCACIÓN: APRENDIZAJE Y OLVIDO

Los misiles inteligentes, a diferencia de sus anteriores parientes balísticos, aprenden sobre la marcha. Por lo tanto, lo que necesitan que se les suministre al principio es la capacidad de aprender, y de aprender deprisa. Eso es obvio. Lo que ya resulta menos visibles, sin embargo, (...)es la capacidad de olvidar al instante lo que se ha aprendido con anterioridad.

(...) en el contexto moderno líquido, para ser de alguna utilidad, la educación y el aprendizaje deben ser continuos e, incluso, extenderse toda la vida.

Y las promesas -o la mayoría de ellas- parecen hacerse con el único fin de ser luego incumplidas o desmentidas, confiando en la brevedad del lapso de la memoria pública. No parece haber ninguna isla estable y segura entre tanta marea.

La «sociedad del conocimiento» «amenaza con provocar mayores desigualdades y aumentar la exclusión social».

BAUMAN, Zygmunt, Vida líquida (2006), Barcelona, Ediciones Paidós Ibérica,S.A., Paidós Estado y Sociedad, 143
[IMAGEN: Zygmunt Bauman, por Gusi Bejar]

domingo, 2 de septiembre de 2007

ÁCIDO SULFÚRICO SOBRE UNA TRADUCCIÓN DE AMÉLIE NOTHOMB



La novela no me ha gustado mucho, la verdad. Nada que ver con aquella noche leyendo de un tirón Las catilinarias. Y si, además, la versión española contiene errores de traducción, menos. Varios errores, incorrecciones, distancian mucho de la historia. Extraña en una editorial como Anagrama, y en un traductor como Sergi Pàmies, uno de los cuentistas que más me gustan.

Entiendo que traducir no es fácil. Pero Pàmies es el traductor de todas las novelas de Nothomb publicadas en Anagrama, y además nació en París . ¿Comete incorrecciones porque su lengua literaria es el catalán? Hay quien sostiene que en Cataluña pasa eso, que las traducciones de los catalanes suelen ser cada vez peores. Yo siempre lo he puesto en duda por aquello de cierta catalanofobia, pero igual debo cambiar de opinión. Además, no es excusa. Anagrama debe de tener correctores. Juzgad vosotros estas tres cagadas:

Pág. 79 - «Tuvieron que empujarla para que andara

Pág. 127 - «Se produjo una auténtica mobilización de los medios de comunicación (...)»

Pág. 150 - «Los bienpensantes pensaban en voz alta (...)»

NOTHOMB, Amélie (2007): Ácido sulfúrico, Barcelona, Anagrama, Panorama de narrativas. Traducción de Sergi Pàmies.

UN AMOR, EL AMOR, JODER

Me preguntan si tengo un amor.
De acuerdo, querían decir una pareja, un rollo, algo similar. Pero me he quedado colgado de la palabra amor.
En El Banquete, de Platón, la profetisa Diotima de Mantinea le dice a Sócrates que el amor no es, como piensa, para la belleza, sino para engendrar y dar a luz en la belleza.
Y en Aprendices de las emociones, Norberto Levy sostiene la idea del amor como la energía que sustenta y hace funcionar el universo, aquello que cohesiona todo lo existente, y de lo cual nuestro amor humano es una participación, una valiosa experiencia del amor universal.
De entre todos los usos de la palabra amor, uno que nunca me ha gustado: hacer el amor. Debe de ser que tengo un alto concepto del amor para identificarlo con el sexo así, sin más. Puede haber amor en el sexo como puede haberlo en cocinar y en pasear y en trabajar y conversar con un amigo y cuidar de tu hijo. ¿Hacer el amor? Vacío, eufemístico. Lo considero una cursilada, aunque a veces no queda más remedio que emplearla para que no le tomen a uno por grosero. Pero prefiero joder o follar. Sonoras, contundentes, expresivas. Excitantes.
Un par de veces, dos mujeres me recriminaron que utilizara el verbo joder en un relato. No sé, les sonaba mal. Supongo, porque tampoco explicaron demasiado por qué no les gustaba.
A vueltas con el lenguaje y la dichosa, falsísima, dicotomía corrección/incorrección política.
Y, una vez más, se trata de engrandecer, elevar, idealizar y valorar una actividad (follar) con una especie de hipérbole, de mayúscula exageración (haciendo el amor). A mi modo de ver, se consigue lo contrario y se minusvalora el amor, el amor concreto y real, y se genera confusión sobre dos cosas distintas: amar y follar. Volveré sobre ello hablando de literatura (sobre las hipérboles literarias, por un lado, y sobre la buena literatura erótica, que habla de joder sin problemas).
¿Es mejor joder o hacer el amor? Hay gente que sostiene que es diferente, que una cosa es joder con cualquiera y otra muy diferente hacer el amor con la persona amada. Pero cuando les preguntas dónde está la diferencia, todo son vaguedades y contradicciones.
Follemos y dejemos el amor en paz, ¿no os parece?

lunes, 27 de agosto de 2007

ARTO PAASILINNA Y SUS DELICIOSOS SUICIDAS EN GRUPO


Desde que leí El año de la liebre espero con avidez la siguiente novela traducida y publicada en español del finlandés Arto Paasilinna.
Esta misma noche he terminado Delicioso suicidio en grupo, donde el providencial encuentro, un día de San Juan después de la resaca festiva, entre el director gerente Rellonen y el coronel Kemppainen, y la ayuda organizativa de la jefa de estudios Helena Puusaari, nos conducen a uno de los viajes literarios más deliciosos que he recorrido.
Finlandia es un país donde al parecer el suicidio es más que habitual, y Paasilinna novela ese tópico veraz de su país, como suele hacerlo en las novelas que he leído: con humor, con ironía, con una gran ternura y comprensión hacia las peripecias, los fracasos, las pasiones y las debilidades de tipos que se arruinan tratando de reflotar barcos imposibles o enseñando a los escurridizos visones acrobacias circenses.
Los personajes de Paasilinna, en esta y otras novelas, son marginales. Aúllan a la luna o siguen el rastro de una liebre o pasan el tiempo en una cabaña perdida cerca del Ártico. Pero en todos ellos, también en los desesperados y juguetones suicidas en grupo, late el pulso de la vida, la ilusión del amor, la esperanza que ofrecen las pasiones. Así que también esta novela se termina con una sonrisa, e inmediatamente con añoranza, y lo primero que hice al leer la última palabra fue comenzarla otra vez, porque no quería despedirme a esas horas de la madrugada de todos esos hombres y mujeres con nombres y apellidos llenos de vocales repetidas.
A ver si la editorial se da prisa y publica poco a poco toda la obra de Paasilinna, porque he visto que en francés ya tiene unos cuantos títulos más traducidos.
Ah, y otra cosa: además, Paasilinna, por lo menos en las fotos, me cae bien. Parece, simplemente, un novelista con gran experiencia de la vida. Nada más y nada menos que un gran tipo que escribe buenas novelas.
(Fotografía de Arto Paasilinna de Joël Saras -