El 19 de marzo. Una fecha tan especial en mi vida, que ahora es tan discreta y tan anónima, pero que sigue siendo una puerta abierta a las emociones, una colección de recuerdos, una proyección de anhelos. Este año celebro las felicitaciones, aunque sean recordadas o lleguen de madrugada: las de mi madre, Antonio y Gabriela. Este día solía ser conflictivo, una encrucijada, una prueba, una cita de la que no siempre salí bien librado, porque me costaba mucho aceptar los regalos, ser el centro de atención o rezar el padrenuestro en la bendición de la comida familiar, y hasta el mediodía mi corazón no dejaba de palpitar con nerviosismo y ansiedad, cuando llegaban a casa los abuelos para comer, y mi querida abuela me colgaba con esas cuelgas repletas de golosinas, caramelos, paquetes de cigarrillos y paraguas y monedas de chocolate. Esos regalos que de alguna manera me avergonzaban, esos objetos que me interrogaban, que me desnudaban ante los demás, y de los que por algún motivo ignorado y terrible no me sentía merecedor: el camioncito con sus bombonas de butano, el bolígrafo y la lapicera en su estuche, el atlas, la cazadora roja de piel... Este día no hay abrazos, pero hay sol, mar, aceptación, tranquilidad, hay viento y sol y mar y este libro que sostengo en la mano derecha.
Este libro de la foto es Vida de un piojo llamado Matías. Cada día puede ser un regalo, y hay paisajes que ayudan, como éste de La Magadalena, un marzo de cielos claros, cuando comienza la primavera y se anuncia el verano, porque las estaciones se contienen las unas en las otras. Si nada permanece, creo que no es menos cierto que nada se pierde, que las lágrimas y las gotas del mar son una misma y fecunda simiente de sal y de vida, y que los regalos soñados, y los negados, y los abrazos perdidos volverán, aunque no sepamos de quién ni cómo ni en qué forma y lugar. Y entonces tal vez habré aprendido a aceptarlos en paz.