lunes, 4 de octubre de 2010
BLANCA OTEYZA
Es la primera vez que espero a la salida de un teatro para ver a los actores. Bueno, la segunda. La primera fue hace años, a la salida del Emperador, para ver a Blanca Oteyza. Los hábitos tienen sus excepciones, y en mi caso esa excepción es Blanca Oteyza. Creo que la vi por primera vez en El principio de Arquímedes. Me gustan su sonrisa, su mirada, su delgadez, su naricilla. ¿Sólo porque se parece a una mujer de la que estuve enamorado? No sólo, porque Blanca Oteyza es para mí una mujer llena de encantos. Una mujer para enamorarse. Y una muy buena actriz, que domina varios registros y que transmite una gran fuerza en escena. El caso es que, en aquella ocasión, después de ver Hoy: el diario de Adán y Eva, me cansé de esperar. Ahora, animado por Yolanda, esperamos a la salida del Auditorio. Me siento un poco nervioso, la verdad. ¿Será por enfrentarme a una mujer que me gusta a rabiar? Puede ser. Y también por el pudor de acercarme a quien no conozco. Y porque no me gusta demasiado esa liturgia de las fotos. ¿Qué le puedo decir a quien no me conoce, cuando acaba de salir del trabajo? Pienso que los actores estarán cansados, hambrientos. Yolanda me dice que les gusta que les digas que han estado muy bien, y quizás tenga razón. Lo cierto es que me siento inquieto y aflora mi timidez. ¿Qué se puede decir, más allá del tópico, en un breve encuentro entre unos desconocidos? O tal vez no tanto. El público ha conocido, ha vivido, durante casi un par de horas un mismo espacio y una misma ficción con los personajes. El público que yo soy siente emociones. ¿Y el actor? Como dice el personaje en la obra, en una reflexión sobre el teatro, también el público está ahí y se hace presente durante la representación. Así que, un poco a mi pesar, con una mezcla de pudor y excitación, adopto el papel de público, del fan que busca individualizarse ante la actriz. Y le entrego el móvil a Yolanda, para plasmar la imagen buscada, la instantánea de unos minutos con una mujer tan hermosa.
sábado, 20 de febrero de 2010
EN FEBRERO EL SOL YA CALIENTA
...cuando sale...
Mi sueño de esta noche:
Un perro llega hasta mi antigua habitación. Lo espero para acariciarlo. Mimoso, se voltea para que le frote la barriga; como está algo sucia, con restos caramelizados enredados en el pelaje, me lo llevo a la bañera. Allí, en el baño, hay dos niños. Una parejita. Diminutos, pequeños juguetes, que se zambullen en el agua, en una bañera inmensa para ellos, surcada por otros juguetes y por oleajes espumosos. Yo vigilo su travesía y los izo a la superficie si se han hundido un instante.
En el centro comercial me aparto y me miro en el espejo. Me suelto el pelo. Mi cabellera es tupida y voluminosa, similar a esas pelucas grandes de los disfraces, que he visto en Carnaval. Me lo dejaré así, largo, sin domeñar. Cuando salgo al exterior me doy cuenta de que estoy en Estados Unidos. Hay poca gente. La mayoría habla en español. Camino al lado de un hombre que ha dicho unas palabras en español y que se dedica a abrir y robar coches, de la manera más natural del mundo. Simpatizamos. Tal vez me divierta, después de todo, con el ladrón de coches y mi pelo largo, en los Estados Unidos.
Mi sueño de esta noche:
Un perro llega hasta mi antigua habitación. Lo espero para acariciarlo. Mimoso, se voltea para que le frote la barriga; como está algo sucia, con restos caramelizados enredados en el pelaje, me lo llevo a la bañera. Allí, en el baño, hay dos niños. Una parejita. Diminutos, pequeños juguetes, que se zambullen en el agua, en una bañera inmensa para ellos, surcada por otros juguetes y por oleajes espumosos. Yo vigilo su travesía y los izo a la superficie si se han hundido un instante.
En el centro comercial me aparto y me miro en el espejo. Me suelto el pelo. Mi cabellera es tupida y voluminosa, similar a esas pelucas grandes de los disfraces, que he visto en Carnaval. Me lo dejaré así, largo, sin domeñar. Cuando salgo al exterior me doy cuenta de que estoy en Estados Unidos. Hay poca gente. La mayoría habla en español. Camino al lado de un hombre que ha dicho unas palabras en español y que se dedica a abrir y robar coches, de la manera más natural del mundo. Simpatizamos. Tal vez me divierta, después de todo, con el ladrón de coches y mi pelo largo, en los Estados Unidos.
sábado, 2 de enero de 2010
EL ABISMO DE LA NAVIDAD
Escribe Robert McKee que las historias nacen del abismo, allí donde se rozan los reinos de lo objetivo y lo subjetivo; o, en otras palabras, el abismo se abre cuando deseo y realidad no coinciden. Cuando el protagonista persigue un objetivo, hace lo que cree que le puede llevar al éxito, y en cambio la realidad se abre ante él para, no sólo frustrarle en su deseo, sino partir en dos su mundo y alejarle aún más y más...
El monstruo de la Navidad, con su ciclo casi interminable de fiestas, vísperas y celebraciones, es para mí el mayor abismo del año. El tiempo de los fantasmas. El tiempo del abismo que separa lo que más me importa y la realidad, mezquina, inclemente, insensible a mis gritos. El guionista ha vuelto a poner en marcha el mecanismo de toda historia, el abismo que se abre y se traga lo que has buscado con pasión. Siempre he convivido con la pérdida, a la que no me acostumbro. De muy niño, la muerte de mi abuelo; después, la separación de mis padres, para seguir con la muerte de mi primo, después mi abuela y la desafección de la poca familia que quedaba. Algunos años, fue el deseo de un cierto glamour, de un cierto encanto en Noche Vieja, siempre zarandeado por la abismales realidades. Llegué a comprar pequeños regalos que repartía entre una familia poco dada a las efusiones. Y me compré y leí con avidez aquel librito de autoayuda, para reaprender a disfrutar las fiestas... ¿Para qué? ¿Verdad que mi ingenuidad es mayúscula? No soy nadie sin mis sueños. ¿Quién quiere enseñarme a prescindir de ellos? Sin interlocutor, el dolor es soportable, claro, aquí estoy, pero a veces pienso que no puedo más, como antes de ayer, cuando volví a sentirme físicamente mal.
Gabriela y Aranella son de lo mejor de este año que ha pasado. Hay relaciones que ganan, que maduran con el tiempo, como sucede con Gabriela. Y Aranella ha nacido y ha estado ahí, donde le correspondía, ocupando su lugar preciso en mi vida, ni más allá ni más acá. Su llamada la tarde de Noche Buena merece un lugar de oro en mi corazón. Ésas son las actitudes que me ganan. Y, desde que la conozco, Aranella ha estado en ese círculo intermedio, tan valioso, poniendo orden en él, como la sensación de paz que sentí al regresar a casa, verla ordenada, con la ventana abierta, el libro en el sillón y la servilleta escrita, bien doblada.
El círculo de la pareja y del amor sigue vacío. Con los años, he aprendido a poner distancia entre yo mismo y mis opiniones. Pero no he conseguido el desapego de las emociones y los sentimientos, si es que una cosa así es posible. Por eso, quien desprecia mis sentimientos sabe herirme de verdad. Enhorabuena. Es tan fácil, tan sencillo. No se trata de la confrontación, ni de la discusión, ni siquiera del reproche. Se trata del menosprecio a aquello por lo que vivo, que me hace sufrir y esperanzarme y buscar el goce y llorar. Bien, ahí está mi talón de Aquiles. El que me hace volver a los libros, al vacío que no acierto a llenar, a no sé muy bien qué... Sólo espero que el abismo que me ha llevado a esta tristeza de hoy se lo lleve pronto la tormenta, que se funda con la nieve, que lo arrastre pronto el sumidero del olvido.
El monstruo de la Navidad, con su ciclo casi interminable de fiestas, vísperas y celebraciones, es para mí el mayor abismo del año. El tiempo de los fantasmas. El tiempo del abismo que separa lo que más me importa y la realidad, mezquina, inclemente, insensible a mis gritos. El guionista ha vuelto a poner en marcha el mecanismo de toda historia, el abismo que se abre y se traga lo que has buscado con pasión. Siempre he convivido con la pérdida, a la que no me acostumbro. De muy niño, la muerte de mi abuelo; después, la separación de mis padres, para seguir con la muerte de mi primo, después mi abuela y la desafección de la poca familia que quedaba. Algunos años, fue el deseo de un cierto glamour, de un cierto encanto en Noche Vieja, siempre zarandeado por la abismales realidades. Llegué a comprar pequeños regalos que repartía entre una familia poco dada a las efusiones. Y me compré y leí con avidez aquel librito de autoayuda, para reaprender a disfrutar las fiestas... ¿Para qué? ¿Verdad que mi ingenuidad es mayúscula? No soy nadie sin mis sueños. ¿Quién quiere enseñarme a prescindir de ellos? Sin interlocutor, el dolor es soportable, claro, aquí estoy, pero a veces pienso que no puedo más, como antes de ayer, cuando volví a sentirme físicamente mal.
Gabriela y Aranella son de lo mejor de este año que ha pasado. Hay relaciones que ganan, que maduran con el tiempo, como sucede con Gabriela. Y Aranella ha nacido y ha estado ahí, donde le correspondía, ocupando su lugar preciso en mi vida, ni más allá ni más acá. Su llamada la tarde de Noche Buena merece un lugar de oro en mi corazón. Ésas son las actitudes que me ganan. Y, desde que la conozco, Aranella ha estado en ese círculo intermedio, tan valioso, poniendo orden en él, como la sensación de paz que sentí al regresar a casa, verla ordenada, con la ventana abierta, el libro en el sillón y la servilleta escrita, bien doblada.
El círculo de la pareja y del amor sigue vacío. Con los años, he aprendido a poner distancia entre yo mismo y mis opiniones. Pero no he conseguido el desapego de las emociones y los sentimientos, si es que una cosa así es posible. Por eso, quien desprecia mis sentimientos sabe herirme de verdad. Enhorabuena. Es tan fácil, tan sencillo. No se trata de la confrontación, ni de la discusión, ni siquiera del reproche. Se trata del menosprecio a aquello por lo que vivo, que me hace sufrir y esperanzarme y buscar el goce y llorar. Bien, ahí está mi talón de Aquiles. El que me hace volver a los libros, al vacío que no acierto a llenar, a no sé muy bien qué... Sólo espero que el abismo que me ha llevado a esta tristeza de hoy se lo lleve pronto la tormenta, que se funda con la nieve, que lo arrastre pronto el sumidero del olvido.
domingo, 15 de noviembre de 2009
IMBECILIDAD - El clown

El clown se muestra, se expone, se deja ver. Dice "aquí estoy yo".
El clown mira al frente, al público.
La historia no es importante para el clown; es sólo una excusa para mostrar su personaje.
Si una historia es ir de aquí hasta allí, conviene alargar un poco el recorrido. No contar las cosas rápidamente, sino detenerse en el camino y crear una tensión, una expectativa.
Que se rían de él es el triunfo del payaso. Y cuando encuentra algo que funciona, sea lo que sea, algo que hace reír al público, lo explota y lo sigue hasta el final.
El clown se mueve con decisión. Sus gestos son enérgicos y claros, tenga la edad que tenga y haga lo que haga.
El clown busca la manada. No sabe hacer nada, pero busca estar con los demás. Y cuando se aparta del grupo, lo hace para regresar enseguida.
El clown, el genuino imbécil, es egoísta. No le importan los demás si no es para conseguir sus propósitos. Persigue sus objetivos, que generalmente son muy simples.
Los demás son para el clown parte de su juego. Y, si algo sale mal, ¿quién tiene la culpa? El payaso apunta con el dedo: el otro, el otro siempre tiene la culpa.
La nariz del payaso es la máscara más pequeña del mundo.
Del curso de Pep Vila. En Tor, del 19 al 21 de Junio de 2009. Más información en www.imbecilidad.com
Y una buena definición del clown: http://www.rojas.uba.ar/programacion/clowns/index.htm
miércoles, 11 de noviembre de 2009
IMBECILIDAD - Una teoría sobre el origen del clown

Pep nos cuenta una teoría acerca del origen del payaso. Antiguamente, se tardaban varios días en montar un chapitó y todas las demás instalaciones de un circo. Por allí andaban unos tipos, unos mirones, los más tontos del lugar. Esos cretinos apenas sabían hacer nada. Estaban allí. Sin más. Miraban cómo trabajaban los del circo. Tal vez, podrían echar una mano y, sin demasiado esfuerzo, sentirse algo útiles...
En los antiguos circos, los caballos eran muy importantes. Pero después de las actuaciones, la pista quedaba hecha un asco. Entonces, al propietario del circo se le ocurrió contratar a alguno de aquellos imbéciles, de aquellos merodeadores que apenas sabían hacer nada. Les dio un cubo y una pala y les envió a recoger la mierda de los caballos. Entraban en la pista, torpes, y delante de la gente se chocaban unos con otros, se empujaban, se resbalaban, se marchaban con la pala al hombro y el cubo, siempre mirando con una mueca bobalicona al público que había comenzado a reírse de ellos. Se reía a carcajada limpia, mucho más que con el resto de números, porque quizás pensaba que aquellos personajes eran una pieza más del espectáculo. Aquello funcionaba. La gente se reía. No había que pensárselo mucho. El circo se fijó en ellos, valoró su éxito y les contrató. Después, otros interpretaron el papel de aquellos primeros imbéciles y el número se sofisticó mucho, pero ése pudo ser el inicio del clown moderno. Al menos, una de sus fuentes.
Las fotos de la serie Imbecilidad son de la fotógrafa mejicana Adriana Martínez, y las puedes ver en http://picasaweb.google.com/weritaranger
martes, 19 de mayo de 2009
LA TENTACIÓN DEL PUNTO Y FINAL
Más de un día me ha tentado acabar contigo, bitácora. Por lo que sé, tienes dos lectoras, dos mujeres que viven en ciudades distintas de la mía, y ninguna de ellas escribe nada. Lo cual agradezco. La lectura, digo. Pero precisamente por ello, surge la tentación de la autocensura, o que alguien piense que escribo con cierta intención, o que yo mismo piense al escribir en esas dos personas. Eso, en cuanto al alma que dejo a trocitos, porque de Campbell o de Bauman o de Tomeo, ni papa. Yo, al contrario que todos los líquidos que pululan por el planeta, creo en los finales y en las despedidas. Es decir, creo que es bueno despedirse, o por lo menos dar los intermitentes. Los intermitentes los damos cuatro, porque no es suficientemente líquido ni despegado ni posmoderno dar el intermitente. Es antiguo. Y para mí, que soy un antiguo, el que no da el intermitente es un hijo de la gran puta, diría, si no fuera por el profundo y romántico y masculino respeto que les tengo a las putas. Por eso, y por otras cosas, y porque las palabras no son mágicas, contrariamente a lo que ilusamente pensamos algunos de los que escribimos, ha llegado la hora de darte un respiro, bitácora, de dejarte a la deriva, o en cualquier isla de ésas tan literarias y tan soñadas. Islas en el vacío, llenas del aire del deseo y de los sueños, islas tal vez repletas de rincones y de guaridas.
Despidámonos con una canción que me viene al pelo y hasta la vista:
http://www.youtube.com/watch?v=qFg9OVEGUIg
Despidámonos con una canción que me viene al pelo y hasta la vista:
http://www.youtube.com/watch?v=qFg9OVEGUIg
sábado, 16 de mayo de 2009
LOS POETAS ESCRIBEN CANCIONES
¿Cuántas veces nos emocionamos escuchando una canción?
¿Y cuántas leyendo un poema?
¿Dónde están, entonces, los poetas? ¿Son esos tipos ególatras que escriben frasecitas que no entiende ni su padre, o los que escriben canciones, letras y acordes, con la pretensión, no de "hacer poesía", sino simplemente de componer una canción?
Esos poetas pedantes dirán que necesitamos estar preparados, cultivarnos, un entrenamiento, para entenderles. Es cierto. Es la misma pedantería insufrible de quien esculpe un morrillo y necesita de una larga explicación para que el público lo entienda. Arte conceptual, dicen. Pero las grandes obras, plásticas o literarias, no necesitan de largas explicaciones. Nos gusta Velázquez en sus Meninas, y luego ya podemos estudiar la composición, la atmósfera o lo que queramos. Gustará al que no está preparado y al erudito. Igual con el Quijote, y eso que Cervantes, al parecer, de la obra que estaba más orgulloso era del Persiles. Pero el Quijote se leía, en sus tiempos y ahora. Que los eruditos le saquen el jugo. Perfecto. ¿Escribe el poeta, esculpe y pinta el artista para el erudito, o para cualquiera? Con el truco de que hay que entender y prepararse, intentan que los demás pasemos por ignorantes. No dicen «esto me gusta o no me gusta por esto o por lo otro», sino «esto es bueno, esto es sublime, es genial, es...» o cualquier otra vacía hipérbole. Porque, si a nosotros no nos gusta, es que no estamos preparados, es que no hemos adquirido el lenguaje o no entendemos su propuesta o no sabemos descifrar sus códigos o cualquier otra vaciedad para hacernos quedar como ignorantes. Entiendo que a veces pueda ser así, que los gustos de las generaciones venideras no serán necesariamente los nuestros, pero desde luego no siempre, ni mucho menos tanto como se dice del arte contemporáneo.
Mis poetas de ahora están en Nena Daconte.
Conduzco, me alejo del mar, llevo en el maletero el peluche y el vestidito, la novela y las camisetas, el chocolate y la mermelada de arándanos, rojos y azules...
«Vivo queriéndolo todo y no tengo nada.
Tengo las horas contadas contigo
y no te lo he dicho.
Vine buscando mi suerte a este lugar.
Por eso, ahora no tengo adónde ir
(...) paparapara paparatirapapara...»
¿Y cuántas leyendo un poema?
¿Dónde están, entonces, los poetas? ¿Son esos tipos ególatras que escriben frasecitas que no entiende ni su padre, o los que escriben canciones, letras y acordes, con la pretensión, no de "hacer poesía", sino simplemente de componer una canción?
Esos poetas pedantes dirán que necesitamos estar preparados, cultivarnos, un entrenamiento, para entenderles. Es cierto. Es la misma pedantería insufrible de quien esculpe un morrillo y necesita de una larga explicación para que el público lo entienda. Arte conceptual, dicen. Pero las grandes obras, plásticas o literarias, no necesitan de largas explicaciones. Nos gusta Velázquez en sus Meninas, y luego ya podemos estudiar la composición, la atmósfera o lo que queramos. Gustará al que no está preparado y al erudito. Igual con el Quijote, y eso que Cervantes, al parecer, de la obra que estaba más orgulloso era del Persiles. Pero el Quijote se leía, en sus tiempos y ahora. Que los eruditos le saquen el jugo. Perfecto. ¿Escribe el poeta, esculpe y pinta el artista para el erudito, o para cualquiera? Con el truco de que hay que entender y prepararse, intentan que los demás pasemos por ignorantes. No dicen «esto me gusta o no me gusta por esto o por lo otro», sino «esto es bueno, esto es sublime, es genial, es...» o cualquier otra vacía hipérbole. Porque, si a nosotros no nos gusta, es que no estamos preparados, es que no hemos adquirido el lenguaje o no entendemos su propuesta o no sabemos descifrar sus códigos o cualquier otra vaciedad para hacernos quedar como ignorantes. Entiendo que a veces pueda ser así, que los gustos de las generaciones venideras no serán necesariamente los nuestros, pero desde luego no siempre, ni mucho menos tanto como se dice del arte contemporáneo.
Mis poetas de ahora están en Nena Daconte.
Conduzco, me alejo del mar, llevo en el maletero el peluche y el vestidito, la novela y las camisetas, el chocolate y la mermelada de arándanos, rojos y azules...
«Vivo queriéndolo todo y no tengo nada.
Tengo las horas contadas contigo
y no te lo he dicho.
Vine buscando mi suerte a este lugar.
Por eso, ahora no tengo adónde ir
(...) paparapara paparatirapapara...»
martes, 12 de mayo de 2009
LAS PALABRAS Y LOS ACORDES
Las cervezas y los pinchos morunos con Gabriela. Salir un lunes. Un lunes para salvar la semana. Un lunes para escuchar los cantos de los pájaros por La Candamia y Los Pinos, y el aguacero y los cielos cárdenos. Escribir, como llorar, temblando en el viento. Qué poesía hay en las canciones de Nena Daconte, en sus retales de carnaval, sus aleph, sus golondrinas y Sin ti:
«Seguirá pasando la luna por tu ventana. Seguirán pasando las cosas sin ti. Ya no pasarán las que hacen tanto daño. Y verás desde tu escaparate lo que fue de mí.»
El tiempo. Los gurús hacen apología del presente. Los mercaderes, más bien. No es el presente místico del que hablan, sino el presente de la publicidad. ¿No es el tiempo intemporal? Y siento que para casi todos los demás el pasado es una estación vacía de la que apenas se acuerdan, en la que no reparan, que no está viva y con gente y tráfico de miradas, sino inexistente, porque ese falso presente impone su ley suprema: nada fuera de su imperio. Ah, si el aire de esta noche ha sido fragante (aun en este norte el aire de primavera huele a frescor), estas noches siempre son fragantes. Eternamente. Perviven fuera o dentro o más allá o más acá de los relojes y la memoria. Los buenos escritores lo saben, y juegan a dioses humanos no burlando el tiempo, sino jugando con él, como el niño rehace castillos en la arena de la playa. Una y otra vez. Sin cansancio. El mismo castillo y distintas almenas con la misma arena. ¿He dicho los buenos escritores? Y los buenos panaderos y los buenos pescadores y los buenos y las buenas cualquier cosa. Este cuarto es de paredes amarillas. Es un cuarto pequeño y también infinito, y el ordenador es pequeño y también abarca cualquier cosa, y en mi mente está ella con su bebecito, y hoy al llegar a la cervecería no sé por qué he remedado un gesto suyo, y allí me espera Gabriela, y le hablo del vestidito y del camello azul y del mar y de la fabada y de las camisetas nuevas (rosa, morado, negro, rojo). Y en la madrugada las palabras y los acordes y el canto de las cigarras.
«Seguirá pasando la luna por tu ventana. Seguirán pasando las cosas sin ti. Ya no pasarán las que hacen tanto daño. Y verás desde tu escaparate lo que fue de mí.»
El tiempo. Los gurús hacen apología del presente. Los mercaderes, más bien. No es el presente místico del que hablan, sino el presente de la publicidad. ¿No es el tiempo intemporal? Y siento que para casi todos los demás el pasado es una estación vacía de la que apenas se acuerdan, en la que no reparan, que no está viva y con gente y tráfico de miradas, sino inexistente, porque ese falso presente impone su ley suprema: nada fuera de su imperio. Ah, si el aire de esta noche ha sido fragante (aun en este norte el aire de primavera huele a frescor), estas noches siempre son fragantes. Eternamente. Perviven fuera o dentro o más allá o más acá de los relojes y la memoria. Los buenos escritores lo saben, y juegan a dioses humanos no burlando el tiempo, sino jugando con él, como el niño rehace castillos en la arena de la playa. Una y otra vez. Sin cansancio. El mismo castillo y distintas almenas con la misma arena. ¿He dicho los buenos escritores? Y los buenos panaderos y los buenos pescadores y los buenos y las buenas cualquier cosa. Este cuarto es de paredes amarillas. Es un cuarto pequeño y también infinito, y el ordenador es pequeño y también abarca cualquier cosa, y en mi mente está ella con su bebecito, y hoy al llegar a la cervecería no sé por qué he remedado un gesto suyo, y allí me espera Gabriela, y le hablo del vestidito y del camello azul y del mar y de la fabada y de las camisetas nuevas (rosa, morado, negro, rojo). Y en la madrugada las palabras y los acordes y el canto de las cigarras.
sábado, 9 de mayo de 2009
REGALOS
Después de la crisis del lunes, he intentado comprender, dar salida, metabolizar, no sé cómo decirlo, qué lenguaje es el apropiado para mis sentimientos y emociones de esta semana. Sueño, me despierto con un pequeño sobresalto, lloro, me entristezco, imagino.
He ido a ver el mar. He dado un largo paseo por el camino que hay entre los cerros, hasta la Providencia. Y en el centro comercial de Oviedo le he comprado al bebé un vestidito con florecitas de color rosa y un camello azul que, cuando le estiras el cuello, suena una canción, y hoy lo he enviado al correo, con un trocito de mi alma dentro.
He ido a ver el mar. He dado un largo paseo por el camino que hay entre los cerros, hasta la Providencia. Y en el centro comercial de Oviedo le he comprado al bebé un vestidito con florecitas de color rosa y un camello azul que, cuando le estiras el cuello, suena una canción, y hoy lo he enviado al correo, con un trocito de mi alma dentro.
LOS PECADOS GRIEGOS DE JAVIER TOMEO

Dice Javier Tomeo que convoca a los personajes en el espacio del papel en blanco (¿o de la pantalla en blanco?), y que luego ya ellos hablan y hacen un poco lo que les parece. Javier Tomeo tose con frecuencia, mira hacia la enorme puerta corredera desde donde la gente asoma, curiosea, pasa de acá para allá; le pita el móvil y nos pregunta cómo se para eso, a los tres espectadores o contertulios de la presentación de su última novela, Pecados griegos. Exactamente, dos y el presentador. Cuando ya llegan las siete, nos firma los libros, dibujando a Fedra y a Godofredo. Por allí hay niños curioseando las ilustraciones y los libros expuestos, poque estamos en una sala de exposiciones, una especie de pasillo grande. A Tomeo le gustan los niños. Yo siempre he creído, por las entrevistas y lo poco que he hablado con él, que es un tipo de una gran sensibilidad, que contrasta con su corpachón y sus facciones de boxeador. A una niña le dice: «¿A qué peluquería vas?». Y la niña le contesta que a ninguna, que las coletas se las hace su madre. Tomeo ha venido en un Talgo, muy cómodo, dice. Cuando salimos de aquel sitio inhóspito, que a Tomeo le cuesta, porque usa bastón y tiene que subir escaleras y no hay ascensor, otra niña, ya bastante más mayor, entra en el edificio con una bandeja y lo que parece una empanada. «¿Me das?», le dice Tomeo. Y la niña grande se vuelve, sonríe y se va, como yo, después de darle la mano al escritor.
(Fotografía de Javier Tomeo de Alberto Estévez, agencia EFE)
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